La memoria es un lugar capaz de teñir de colores la más absoluta oscuridad. Es un reino de adivinanzas, presentimientos y esbozos que trazan las líneas que dibujan el futuro. Allí donde se acomoda el pasado me gusta viajar mirando adelante.
El momento de catar el aceite de Magna Olea, mejor dicho, de disfrutar abriendo una botella en cuyo interior auguras una sorpresa, y hacerlo con amigos, adultos y niños reunidos, es verdaderamente un placer. Lo digo siendo consciente de lo que significa o debiera significar. La antesala de un momento dichoso junto a seres queridos y con un manjar en la puerta es un buen día sin duda. En ese ambiente destapamos la esencia de Magna Olea, fruto de la cosecha tomada en noviembre de 2009. Ahora en Enero de 2010 exhibe un aroma verde intenso en la nariz, confundido de inmediato con perfume de frutas maduras. Al probarlo en la boca nos resultó fino, con gusto a manzana, almendra y un fin de fiesta de frutos secos, avellana, tal vez. No hay apenas picante, el amargo es casi imperceptible. Todo es delicado, dulce como fragancia original de un bosque de olivos extraída de una isla seca que de pronto se torna húmeda, nieve.
En la memoria tengo a Jeronimo y Pilar, sus hijas, pero especialmente al primero, su risa pícara bajo los copos blancos sobre los que derramar una gota dorada, Magna Olea.
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