Ver sin querer ver

La humanidad, obsesionada por preservar su dignidad, primero se despojó a si misma de su animalidad, luego de su cuerpo y sentidos y enseguida dejó de lado sus sentimientos para convertirse en un ser pensante y una máquina parlante” (Raimon Panikkar)

Es una cita aproximada que tomé al vuelo durante una conferencia. Un viejo amigo hacía una sentencia en sintonía aproximativa con la anterior. “De ser máquinas, máquinas de hacer el amor”. Muchos firmamos en un momento u otro este manifiesto de punto único, primero y principal. Jose, su autor, sigue por ahí empeñado en la tarea. Panikkar puede estar mirando de reojo a esta humanidad mecánica.

Entre tanto otro amigo, Francisco, concluyó el breve relato de una experiencia reciente, vivida junto a la humanidad que trabaja alrededor, debajo, junto, a través de los olivos, diciendo secamente así: “Ver sin querer ver”.

Volví a rumiar la frase de Panikkar apreciando el mal sabor de una ética lejana en el horizonte, prolongada luego, para defender siempre una domesticación sin límite de la naturaleza. Una dominación sobre el suelo –cuya pérdida no causa pesar alguno mientras colmata cauces, lagos, y cualquier lugar donde el depósito pueda sedimentar-, sobre los árboles -a golpe de vara castrante sobre las hojas mientras se abate con inusitada saña el fruto que se ha de comer-, sobre las personas –mujeres, hombres, inmigrantes, niños…-, sobre el alimento –tirado al suelo, soplado, barrido, trasegado-, sobre la vida –de las plantas y la fauna que habita el sitio, quemadas con herbicidas las primeras, esquilmadas con insecticidas varios las segundas-, sobre el propio ser humano – de cuidador afanoso con el provecho ganado, después convertido en maltratador – …

Podría seguir el relato, si bien en ese punto hagámonos una pregunta, ¿qué futuro aguarda? ¿Se necesita del gran incendio que inspire una nueva visión?

Sacamos del zurrón una dosis de ecofilosofía inspirada en un olivar, donde Joseph  Beuys sintió y firmó un compromiso en defensa de la naturaleza, poniendo al aceite de oliva como vehículo y testigo. Pensamos en una ética de corresponsabilidad tal como la expresó el propio Panikkar cuando analizamos la crisis del sistema local y global en que vivimos, una decadencia de la que sólo el olivar es un elemento más, pero significativo y civilizador como pocos.

Podíamos empezar por reconocer en el olivo y el olivar, el significado del Paraíso y salir ahora a su encuentro.

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