UN VIRGEN EXTRA EXCEPCIONAL: MAGNA OLEA

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Degustando Magna Olea en un tranquilo desayuno primaveral, nos preguntamos cómo el zumo de un fruto de invierno puede ser tan veraniego. Su inconfundible aroma a hierbas y trigos verdes, tomates y otros aires de floresta y huerto, recuerda a la tierra caliente donde tiene su origen. 
Probándolo en la boca, penetra dulce, con ausencia de amargo y un ligero toque picante , con regusto astringente y un afrutado de tonos maduros al fondo.
Su equilibrio es apropiado al de un paisaje de lomas suaves, escondidas detrás de los montes. Lo hemos degustado primero en una copa de cristal y luego vertido sobre dos tostadas de pan integral. Una primera de centeno y otra después a base de trigo con cáscara de naranja y miel. Hemos acabado chupando nuestros dedos del zumo adherido a sus yemas. 
Sentimos haber disfrutado de un momento tan intenso como larga es la vida que deseamos a esta excepcional producción de aceite de oliva virgen extra, que produce Jerónimo Pedro Mendonça de Abreu e Lima en el protugués Vale de Madeiro. 

PARAÍSOS CERCANOS, MAGNA OLEA

La memoria es un lugar capaz de teñir de colores la más absoluta oscuridad. Es un reino de adivinanzas, presentimientos y esbozos que trazan las líneas que dibujan el futuro. Allí donde se acomoda el pasado me gusta viajar mirando adelante.

El momento de catar el aceite de Magna Olea, mejor dicho, de disfrutar abriendo una botella en cuyo interior auguras una sorpresa, y hacerlo con amigos, adultos y niños reunidos, es verdaderamente un placer. Lo digo siendo consciente de lo que significa o debiera significar. La antesala de un momento dichoso junto a seres queridos y con un manjar en la puerta es un buen día sin duda. En ese ambiente destapamos la esencia de Magna Olea, fruto de la cosecha tomada en noviembre de 2009. Ahora en Enero de 2010 exhibe un aroma verde intenso en la nariz, confundido de inmediato con perfume de frutas maduras. Al probarlo en la boca nos resultó fino, con gusto a manzana, almendra y un fin de fiesta de frutos secos, avellana, tal vez. No hay apenas picante, el amargo es casi imperceptible. Todo es delicado, dulce como fragancia original de un bosque de olivos extraída de una isla seca que de pronto se torna húmeda, nieve.

En la memoria tengo a Jeronimo y Pilar, sus hijas, pero especialmente al primero, su risa pícara bajo los copos blancos sobre los que derramar una gota dorada, Magna Olea.