PARAÍSO EN GAIA

 

 Ayer por la tarde, con más de treinta grados en las calles sevillanas, el Paraíso de los Olivos se instaló en GAIA, abiertas las puertas por Charo y Pepe. Se llenó la sala de la familia sevillana, algunos zuhereños instalados en la capital, amigos del  Camino de Santiago con su presidente entre ellos, colegas del Convivium local de Slow Food, compañeras en el oficio con tienda en primera plana de la capital, Óleo-le, y otros invitados.

Tarde primaveral para espíritus libres, fluyendo para iniciar la sesión al paso musical, las imágenes y textos de ese video tan heterodoxo como es el que firmó María Cañas cuando visitase el Paradeiso, bajo el título de “Aceite en llamas no deja cenizas”. Llevando la contraria a la popular creencia de que el aceite rechaza otras mezclas, María se empeña en mestizar el refranero castizo con la meditación zen en un ejercicio amoroso y delicado que sugiero tomar en dosis moderadas para no quedar atrapado en ese oleaje dorado que envuelve la pantalla. Coco y Antonio presentamos algunas de las raíces y expresiones del Paraíso de Las Quebradillas, en cuya cata nos acompañó Pepe Alba, alma espiritual de la Almazara Experimental del Instituto de la Grasa (CSIC) durante muchos años. Pepe es un buen testimonio del paso del capacho al acero inoxidable y las atmósferas inertes en esta artesanía reconvertida en aséptica industria. Pero el Paraíso no existe sin seres que lo habiten y a presentar a los que respiran la tierra de Las Quebradillas contribuye el video que nos regalase al producir nuestra primera cosecha, Antonio Galisteo, quien cuanta con buen ojo para fijar la atención de la cámara, pulso para sostenerla entre los rayos de la luz y corazón que late comprometido con el tiempo de las nobles causas.

A todos ellos invitó Coco a la hora de celebrar y compartir una merienda que fue canto al aceite rico en tiempos pobres, reinterpretando nuestro hoyo de aceite de la infancia, acompañado de chocolate, queso de cabra curado en el mismo zumo de Las Quebradillas y gajos de mandarina que milagrosamente guardan en su interior zumo de naranja y de aceituna. ¡Un placer amigos!

 

 

 

EL PARAÍSO EN CÓRDOBA

Hasta finales de enero está abierta en la Diputación de Córdoba la exposición PARADEISOS CULTURAS DEL ACEITE Y ARTE CONTEMPORÁNEO. Tuve ocasión de visitarla un par de veces las pasadas Navidades y os recomiendo algunas obras expuestas, que podéis al menos intuir por medio del catálogo online.

Lo menos atractivo suele ser el espacio expositivo, un tanto disperso y desabrido para acoger con la suficiente armonía la veintena de obras que componen la exposición. En la planta baja del patio barroco, un cajón forrado de madera de olivo contiene dos minúsculas salas donde visionar los videos de La Ribot y María Cañas, dos de las presencias que más me han atraído.

El video de María Cañas es un homenaje poético al sentido del fluir, acompañando en sus imágenes y breves textos intercalados el viaje originario de Oriente a Occidente del olivo, flujo de color que impregna la pantalla a lo largo de veinte minutos que resultan generosos de emociones, bien llevados por una música paradisíaca que no suena exótica por más que sus reminiscencias sean bien lejanas al paisaje del olivo. Sentí la pieza de María Cañas absolutamente olivo sin serlo, en esa acertada y por momentos delicadísima sucesión de imágenes que propone. Alicia, mi compañera en el paseo, comentó en cierto momento la remembranza del video con el trabajo de Val del Omar. Los guiños son evidentes si tomamos algunas ideas del artista granadino de la cámara, desbordado en la revisión que presenta de su obra el Museo Reina Sofía de Madrid. Dice Val del Omar: “Soy un suceso. No tengo otra silueta que el cambio”. “Una historia de amor no nacida”, le responde María Cañas. Dice Val del Omar, “No llevo maletas. Llevo conciencia y amor”. “Abraza tu pena y conviértela en tu paraíso”, proclama María. “Yo soy un río cuya alegría es derramarse”, dice Val del Omar”. “El placer de fluir”, es el eco de María. En suma una delicia para dejarse ir porque como señala la sevillana, aceite en llamas no deja ceniza y tras la inmersión en las aguas turbias de aceite derramado, la debilidad se hace fortaleza y el amor se conserva en un medio difícil de profanar, el aceite.

Más antiguo en el tiempo (2001) pero no menos fresca  es la propuesta vitamínica de La Ribot, un acción simple en los materiales elegidos, pero de erótica virtuosidad. Cámara en mano, mostrando siempre un primer plano, la escena coloca el ojo del espectador en medio de una ceremonia artística inspirada en hacer comestible el cuerpo de la artista, ordenadamente convertido en una especie de plato nacional catalán, primero ajo, luego tomate, finalmente de aceite untado. Sublime, el chorro de aceite que riega el cuerpo, envuelto en una luz blanca, virginal, como el mismo zumo, primitiva como la ofrenda del cuerpo y los alimentos. Antecedente de la coreografía de Jan Fabre, Quando L’uomo Principale è una Donna (2004), exaltación de la fecundidad de la naturaleza, nexo con la pieza icónica de esta exposición nacida de la curiosidad antropológica de Beuys.

En la obra de Beuys, el aceite transciende la naturaleza humana, pringado en mostrar la energía cósmica gracias al calor de una escultura social así levantada, o al menos como tal podría serlo. Alrededor de 1971, el artista alemán disfrutó de una estancia entre olivos en el norte de Italia, que alumbró reflexiones y piezas como estas botellas que contienen un aceite asombrosamente verde y dorado a pesar del paso del tiempo, incorrupto en su bienintencionada difesa della natura. Poco reconfortante es ver cómo ni la carga civilizadora del olivo ni la acción militante de gente como Beuys, subrayando el sentido de unidad entre el hombre y la naturaleza, han propiciado prácticas más sensibles de los seres humanos hacia su medio. Y aún así, el olivo sobrevive.

(continuará…)